¿Por qué el posicionamiento político ante las próximas elecciones?

    Ante las nuevas citas electorales, cabe preguntarse: ¿qué votar? ¿A quién votar? ¿Qué partido político, del amplio abanico del que disponemos, defiende mejor los intereses generales? ¿O mis intereses? ¿Cuál de ellos hará mejor labor en mi municipio o barrio? ¿Debo hacer caso a todo lo que escucho en los medios de comunicación? ¿Qué medios podrían ser fiables para informarme con relativa imparcialidad? ¿Qué dicen los políticos en las campañas electorales? Todas estas preguntas, algunas con más fácil respuesta que otras, son las que el común de los potenciales votantes nos hacemos; pero desde la izquierda y el sindicalismo de clase caben otras muchas preguntas, que se fijan en un encuadre mucho más social, feminista y ecológico.

    23/04/2019. Juli Galera López. Miembros del equipo de comunicación de EMT-Madrid
    porque votar?

    porque votar?

    Lo primero en lo que nos fijamos es en esta precampaña. Nadie, con un mínimo de sensibilidad política, puede dudar de lo burda, torticera y escasa de propuestas interesantes que nuestros cabezas de cartel nos trasladan desde sus púlpitos mediáticos. Unos poniendo “cordones sanitarios” a los que han gobernado más tiempo durante este periodo democrático y constitucional; otros, desempolvando el ya manido y casposo enfrentamiento a costa de la extinta ETA, nunca les funcionó, pero se deben creer que ahora sí; los de más allá, cantando y contando las alabanzas de que todos los españoles de bien —ellos dirán quiénes son esos— durmamos con una pistola debajo de la almohada; los de acullá, deseando que les den los números para repetir aquel, a dios gracias fallido, “pacto del abrazo”; y los que me quedan, cómo no, aplacando guerras de guerrillas internas y dividiéndose un poquito más. Todo perfecto y bajo control, justo lo que venimos necesitando los españolitos de a pie.

    Todo esto en un clima de crispación política tremendo, en el que parece que el insulto y el “ver quién la tiene más grande”, junto al exceso de testosterona ambiental, nos deja un caldo de cultivo de bacterias antropófagas nada desdeñable. Hoy sabemos del espionaje feroz, por parte de las pútridas cloacas del estado, a un líder político, con robo de teléfono incluido; esto, en cualquier país del mundo civilizado, sería el mayor escándalo nacional, sólo comparable al Watergate. En España, no. Tenemos conocimiento del uso de policías, funcionarios públicos, cobrando “sobres-sueldos” de fondos reservados, para encubrir las corrupciones y desfalcos vergonzosos de algún partido político. A cuestas llevamos la caja con el dictador dentro, a ver qué hacemos con él mientras los descendientes de los ajusticiados claman para que sus familiares no compartan tumba con el genocida, y otros, o se ponen de perfil, demostrando las pocas ganas que tienen de cerrar heridas con la mitad de la población de este país, o directamente se envuelven en el paño rojigualda, casi siempre sin aguilucho, para decir que todo está bien y dar a entender que es absolutamente normal que un dictador fascista tenga un mausoleo en pleno corazón del Estado. Los hay que se envuelven de amarillo para clamar por lo que, a mi modo de ver, es lo contrario a los pensamientos de izquierda: el nacionalismo. Ya sea regional o estatal, es la antítesis de la solidaridad, la justicia social, el reparto de las riquezas, la gran utopía de la “Aldea Global” y la igualdad de oportunidades en un estado social y de derecho. No son pocos los que claman ante el nacionalismo catalán cosas tan normales y de andar por casa como que se apruebe el estado de excepción o emergencia en la Comunidad Autónoma o piden volver a aprobar un artículo de la Constitución, que hace un año y medio daba mucho miedo y se hizo con mucha cautela, y que ahora, sólo por declaraciones y no con hechos encima de la mesa, exigen llevar al Senado como quien se compra unas gafas de sol por Amazon. Podríamos añadir el clamor existente entre la sociedad española en defensa de ciertos derechos sociales, como la eutanasia, y que para algunos políticos dicho clamor no existe, o la defensa de penas como la prisión permanente revisable, claro eufemismo de cadena perpetua que se sitúa, cuando no, fuera de la Constitución de 1978 (recordemos el carácter resocializador de la Constitución y el Código Penal), en el limbo de la delgada línea roja de los matices y la interpretación de los señores magistrados del Constitucional.

    De tal forma que si sometemos a la lupa lo expuesto con anterioridad, llegamos a la conclusión obvia: el clima social, así como nuestros políticos, no ponen fácil el llegar a conclusiones por uno mismo ni dejan espacio para la reflexión individual ante tan cargado calendario electoral. La calidad democrática que vivimos exige, por parte del votante responsable, un esfuerzo mayúsculo para no caer en eslóganes que entran muy bien por los oídos y que hacen que nos olvidemos de lo importante, que a mi humilde juicio es el bienestar de la sociedad en su conjunto, que sufraga con gusto porque sabe que nadie se lo lleva crudo, el sostenimiento eficiente y de calidad de la educación, la sanidad, la dependencia, pensiones e infraestructuras, desde los principio de justicia social, feminismo y ecología.

    Estos principios, que a priori parecen utópicos y manidos por parte de la izquierda y de sus organizaciones, son en definitiva la clave del estado de bienestar del siglo XXI y propios de una sociedad civilizada que se preocupa y ocupa de su futuro, con los pies en el presente y la mirada en su pasado.

    Hablar de Justicia Social, con mayúsculas, no es sólo hablar de igualdad de oportunidades, porque cada individuo tendrá su casilla de salida y el estado debe asegurar, con el reparto de la riqueza de un país, que cualquiera que lo desee y tenga potencial pueda llegar a su techo máximo, sin importar las rentas de las que disponga su familia de origen. Apostar por la Justicia Social es invertir en Educación Pública y asegurarnos que sea pública de verdad, ya que es el verdadero ascensor social el que permite que tú mismo busques tu techo y que tengas el apoyo institucional para tocarlo con los dedos. Dotar las escuelas públicas de más maestros y que estos tengan menos ratio de alumnos por aula, para hacer de cada alumno alguien especial, con sus propios ritmos, capacidades y aptitudes, haciendo hincapié no sólo en la inteligencia intelectual, sino en la inteligencia emocional clave en la tarea de hacer de los alumnos, adultos responsables que saben solucionar los conflictos del día a día con la palabra y no con la violencia y cuya salud mental estará más protegida. Cuando invertimos en Justicia Social lo hacemos en Sanidad Pública, suficiente, de calidad y universal; es perverso y va en contra de la propia salud de los autóctonos de un país no atender sanitariamente a un migrante, perverso por lo que tiene de inmoral y anti solidario, amén de que es obligación de las instituciones velar por la seguridad sanitaria colectiva y, para ello, debe tener control sobre las enfermedades que se circunscriben a su espacio físico. Hablamos de Justicia Social cuando hay dinero suficiente para poder atender a las personas dependientes y para poder sostener económica y emocionalmente al cuidador, normalmente cuidadora y hacer que ese tiempo que no tuvo la oportunidad de trabajar fuera del hogar y no cotizar a la seguridad social, compute para una pensión de jubilación digna; igual de dignas que el resto de las pensiones que tienen que cobrar nuestros mayores, que en muchísimos casos han mantenido a sus nietos e hijos durante lo más crudo de la crisis económica. La Justicia Social también se palpa cuando paseas por tu barrio y las calles, infraestructuras, limpieza, mobiliario urbano, transporte público, centros de salud y escuelas, nada tienen que envidiar a cualquier otro barrio de la ciudad o pueblo vecino. En definitiva, la Justicia Social vertebra a la ciudadanía porque las instituciones públicas se preocupan por las oportunidades de cada individuo independientemente de su procedencia.

    En una sociedad como la nuestra, que está finalizando el primer cuarto del siglo XXI, es imprescindible incluir la variable del feminismo, cuya base es igualar en cualquier ámbito de la vida los derechos de la mujer con los del hombre. Tan sólo los cortos de miras o los machitos cobardes son capaces de negar que la desigualdad existe. Existe en lo cotidiano del hogar y el cuidado de hijos y dependientes, donde la corresponsabilidad brilla por su ausencia y el porcentaje mayor de estas tareas se carga en la espalda de ellas. Existe en el ámbito laboral, donde la brecha salarial es un hecho cargado de verdad con datos estadísticos irrebatibles; y ¿qué decir de la presencia femenina en cargos de responsabilidad o en los consejos de administración en las empresas del Ibex 35? Pero lo más sangrante sigue siendo el terrorismo machista, que cada año mata a más de medio centenar de mujeres en España, junto con las “manadas” de violadores, que sirviéndose de su superioridad numérica y física marcan a las mujeres de por vida con el más asqueroso y deleznable acto que puede hacer un hombre contra una mujer. Sí, desde la izquierda y el sindicalismo debemos ser feministas, defenderlo a ultranza y enfrentarnos a quien sea por defender esta idea, porque de ella depende, en gran medida, la calidad de nuestra sociedad y democracia. Es absolutamente deleznable negar estos hechos o menospreciarlos con tupidos velos mentirosos que buscan el eslogan fácil y apelan al orgullo patriarcal para buscar y encontrar un puñado de votos reaccionarios.

    Con gran entusiasmo y enfado, los estudiantes y jóvenes de todo el mundo nos recuerdan con el movimiento Fridays For Future que les estamos dejando un futuro nada halagüeño, que van a pagar los errores en contra de la casa común de todos por culpa de la ambición empresarial, y por la vagancia de la ciudadanía que no es capaz, en muchos casos, de hacer el más mínimo gesto verde por el bien común y de nuestras hijas e hijos. Se empeñaron en poner impuestos al sol, en vez de aprovechar el beneficio social, laboral y ecológico que supondría explotar de manera consciente y responsable el mayor recurso natural que tenemos. La energía renovable abre un abanico inimaginable de posibilidades laborales si invirtiésemos en ir cambiando de manera constante la energía conseguida por medios fósiles y nucleares en favor de la solar y eólica. La ecología y el pensamiento verde son la clave para el futuro, ya que es muy egoísta pensar en lo bien que nos va en el presente y los que lleguen detrás que acarreen las consecuencias de nuestros actos. ¿Cómo van a gestionar los problemas del futuro si no hay futuro que gestionar? Parece demagogia, pero los efectos del calentamiento global ya son palpables, la extinción de especies es evidente y las miles de muertes a causa de la contaminación engrosan año tras año las estadísticas sanitarias. Debemos pedir responsabilidad en las políticas que nos ofrezcan en campaña electoral para caminar sin vacilar y con paso constante hacia un mundo más verde y que se vislumbre un futuro en el que se frenen las consecuencias del ataque salvaje al planeta, nuestro planeta, nuestra casa, nuestra única casa.

    No nos dejemos engañar con discursos exaltados teñidos de demagogia barata en los que se nos promete bajar impuestos a discreción asegurando que el bienestar de las personas no sufrirá. Discursos que dirigidos al sentimiento patrio atacan a la pluralidad de este país, envolviéndolo todo bajo la bandera de una única manera de sentirse y ser español menospreciando historia, lengua, costumbres, cultura e idiosincrasia de cada territorio de España. Discursos negacionistas con el cambio climático, que no esconden otra cosa que un mísero egoísmo intergeneracional. Discursos que utilizan de manera terrorista y falsa datos sobre la violencia de género y la disfrazan llamándola violencia doméstica, obviando que son dos cosas completamente distintas: la primera se da por el simple hecho de haber nacido mujer y la segunda se da en el ámbito del hogar y puede o no ser violencia machista. Discursos que nos vuelven a planteamientos éticos y morales propios del posfranquismo temprano, en el que la mujer no podía ni debía tener control sobre su útero. Una persona sufriente y enferma terminal tenía que gozar con el dolor y la agonía como hizo Jesús de Nazaret según el nacional catolicismo y no tenía derecho a decidir sobre su muerte, porque no olvidemos que la vida es un derecho, no un deber. Discursos que pretenden engañar haciéndonos creer que la precarización del empleo es la clave para rebajar las colas del paro, sin importar lo que se gane, el tipo y duración del contrato o si da para vivir con un mínimo de dignidad para no caer en la ya tan común realidad de los trabajadores con empleo que son pobres. Discursos que pasan por alto la pobreza infantil, creciente en nuestra sociedad, y que es punta de lanza para poder diagnosticar un sistema de mercado capitalista podrido y enfermo. Discursos que niegan la desigualdad de salarios, sin percatarse que la igualdad es la clave para el avance de una economía próspera.

    Fijándome en los discursos de los líderes de los principales sindicatos de este país, apoyo sus conclusiones de necesidad de votar por opciones progresistas, que aún con todos sus defectos, siempre intentarán proteger la dignidad de los más desfavorecidos, trabajadores, mujeres, autónomos y pensionistas. Además, todas las opciones de izquierda defienden una economía que también se mira bajo el prisma de la ecología y una sociedad que pone bajo la lupa del feminismo sin apellidos.

    El lector, podrá caer en la cuenta de que a lo largo de estas líneas, no se ha respondido a la pregunta del titular, ¿verdad? Felices votaciones.

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